martes, 5 de febrero de 2008

La Septién, ¿fama o realidad?

Por. Christopher Argudin

Un edificio pequeño a comparación del que tienen la mayoría de las instituciones que brindan el mismo servicio. Justo frente al periódico más vendido de nuestro país, se encuentra, la Escuela de Periodismo Carlos Septién García fundada en 1949.

Para muchos sólo es una escuela más. Para otros tantos, ha sido de suma importancia para el desarrollo de su vida. Por sus pasillos ha caminado un pequeño universo de gente que piensa, sueña y vive el periodismo.

Es de total orgullo para las autoridades de la escuela mencionar que la Septién, es la escuela de periodismo más antigua en México, y la segunda en Latinoamérica.

En sus aulas han tomado clases personas de todas las latitudes, hindúes, austriacos, cubanos, chilenos, colombianos… Gente de distintos lugares del mundo han compartido su gusto por la profesión en el pequeño edificio de la calle Basilio Badillo número 43.

Es difícil percibir a simple vista la escuela, su fachada es muy humilde, pero una vez que te encuentras dentro una extraña energía acompaña las fotografías de destacados ex alumnos que adornan las paredes.

Cuando se camina por sus reducidos pasillos, no se puede apartar de la mente imaginar a un Riva Palacios, a Samaniego, a Aradjis entre otros más que han desfilado por esta escuela. ¿Cómo eran en su época de estudiantes? Si eran buenos o malos alumnos, si acostumbraban emborracharse en las cantinas de los alrededores, -ya que su ubicación, la sitúa muy cerca de muchas cantinas-, o si les interesaba el periodismo objetivo.

Cuatro pisos, 10 aulas en las que se imparten las clases, un estudio de televisión, una cabina de radio, un laboratorio de fotografía, una pequeña sala de edición, una pequeña pero bien nutrida biblioteca, así como un renovado laboratorio de computación, son las instalaciones con las que cuenta la universidad que se encuentra en cuarto lugar según las estadísticas que publicó el periódico reforma en el 2007 en cuanto a la calidad de la carrera de periodismo, tan sólo bajo el Tec. de Monterrey, la Ibero y la UNAM.

Son muchas las personalidades que han egresado de la Septién, desde un gobernador, –Juan Manuel Oliva Ramírez de Guanajuato- un posible caníbal, -para precisar, el de la guerrero- astrólogos como Amira, entre otros reconocidos y no tan reconocidos periodistas.

La mayor parte de las personas que ahora se encuentran estudiando en la Septién, conocen la fama y calidad de la que se ha hecho acreedora la escuela a través de los años, y es tal vez por ello que se encuentran ahí.

Aunque es difícil pensar que con el simple hecho de asistir a una escuela que cuenta con reconocido renombre tienes asegurado un lugar importante en algún medio de comunicación, hay personas que así lo creen. ¿Será esto una realidad? O sólo se trata de fama.

jueves, 31 de enero de 2008

Cabaret, Congal, Putero, Table Dance, Men’s Club, Night’s Club, Pelotero, Tugurio, Pelodromo.

Por. Christopher Argudin
Martes. Tres de la mañana. Este negocio se llama “New Orleáns”; para entrar, es necesario que un sujeto de seguridad examine que las personas no traigan armas o drogas. A las mujeres no las revisan.

Está oscuro. Los ángeles y las hadas pintadas de color neón brillan sobre el tapiz negro. Como parte de la iluminación, del bastidor cuelga una esfera de espejos en forma hexagonal que no para de girar .La pista de baile es un tangram de piso laminado que simula ser duela de pino color amarillo. Un tubo de casi tres metros de altura ocupa el centro del escenario. Dos parejas bailan en diminutas ropas, ellas, cubriendo apenas sus secretos ínfimos, ellos, con una borrachera que quizá no sepan cuánto pagarán por esa gustosa pieza de baile. La ventaja es que se puede pagar la cuenta empeñando joyas o relojes, por si salen gastos no contemplados.

Faldas a la mitad de las nalgas, leotardos transparentes, pantalones tipo sado, blusas blancas, abrigos negros de terciopelo, medias de red, busties, zapatos o botas con sus respectivas plataformas y maquillajes marcados en caras que disfrazan alegría mediante risas sardónicas, con la única condición de que “todas somos mujeres de verdad”.
“¡¡¡Fuera luces, desde Colombia para el mundo... Mónica!!!”.La combinación de luces azules, moradas y negras refleja en su piel algunas cicatrices, hechas, quizá, al defenderse de alguien; o por no fijarse en la dirección del rastrillo.

Zombie, canción de “The Cranberries”, suena de fondo al iniciar su show de manera lenta y suave frente al espejo que no ha dejado de mirar desde que salió. Ríe sensual y clava su mirada en la persona con quien lleva toda la noche, el que pagará 150 pesos por cada cerveza o copa que ella se ha tomado.
Termina su primera pieza. De pronto comienza la tonalidad intensa y roja sobre el escenario; la canción se llama Culo, del grupo “Pitt Bull”; un estilo creado en Puerto Rico llamado Reggaetón.
Mónica comienza a trepar el tubo con maestría, se sujeta con las piernas y baja en espiral sólo con la fuerza de los muslos. Comienza a quitarse la ropa pieza por pieza. Es alta, morena, delgada, y sus ojos son impresionantes: verdes y grandes.
Su cuerpo es similar al de Venus de Boticceli, 6 chavos con aspecto de cholos, lo admiran con asombro; Mónica besa a uno de ellos, lo ve con desdén y sigue, el escenario es suyo, las arrugas de la cien delatan experiencia, lo suficiente para ser la estrella de la noche, y por supuesto, ganar lo doble que las demás. Dice que le gusta ser una puta y que no tiene inconveniente en contármelo. “Finalmente, a mí me gusta el dinero y aquí se gana mucho”.

En este lugar Mónica es la que más vende, el mejor cuerpo, por eso tiene el privilegio de bailar sola; cada 10 minutos hay show, dos chicas en la pista y dos canciones, una para exhibir lo sensual que las hace ver su diminuta ropa, y otra para quitársela.
El cliente puede convivir con la que más le guste; besarla, tocarla, cantarle al oído, contarle sus penas, recitarle un poema o invitarla a pasar un fin de semana en Acapulco, por ejemplo, lo único prohibido son los golpes. Hay algunos que piden un privado, que es un servicio en el que la chica baila y se desnuda en las piernas del cliente a solas, pero sólo baile. El privado se hace en un cuarto pequeño ubicado en la planta alta del negocio y cuesta 250 pesos.
New Orleáns es pequeño y barato a comparación de otros. La fiesta termina hasta las 9 o 10 de la mañana o “hasta que el cuerpo aguante”.

martes, 29 de enero de 2008

¿DÓNDE?

¿Me extravié en la fiebre?
¿Detrás de las sonrisas?
¿Entre los alfileres?
¿En la duda?
¿En el rezo?
¿En medio de la herrumbre?
¿Asombrado a la angustia,
al engaño,a lo verde?

No estaba junto al llanto,
junto a lo despiadado,
por encima del asco,
adherido a la ausencia,
mezclado a la ceniza,
al horror,
al delirio.

No estaba con mi sombra,
no estaba con mis gestos,
más allá de las normas,
más allá del misterio,
en el fondo del sueño,
del eco,del olvido.

No estaba.
¡Estoy seguro!
No estaba.
Me he perdido

Gracias Oliveiro...